Hoy vi segmentos del concierto Ecos de Soda Stereo. Con el holograma de Gustavo Cerati. Y no me ofendió en absoluto: me puse feliz.
Los hologramas de artistas fallecidos pueden ir muy mal — cuando se sienten como explotación, como negocio disfrazado de homenaje. Pero cuando se hacen con cuidado y con el propósito correcto, la reacción es exactamente la que describí: felicidad, no incomodidad. Si da felicidad, no puede ser una falta de respeto.
Soda Stereo llegó a mi vida en diciembre de 1984, cuando mi hermano me regaló el cassette de Nada Personal desde Monterrey. Él tenía acceso a cosas que acá no tuvimos por la guerra. Me cuenta que estuvo en uno de los primeros conciertos de Soda — si no el primero — con el pequeño auditorio casi vacío. Ahora, el 22 de abril, Monterrey recibirá a Ecos. Algo me dice que se animará a ir.
Después de Nada Personal vinieron los acetatos de Signos y de Ruido Blanco, prestados por uno de mis primos. Luego fueron más regulares las compras. Y nuevamente mi hermano rompió el molde en diciembre de 1992, si no me equivoco, con Colores Santos.
En 1999, visitando en Argentina a la niña que tres años después se convertiría en mi esposa, pasó algo curioso: mi hermano quería un CD original de Soda Stereo de la Argentina. Y no lo encontré. Laura me decía lo impensable — que casi no se escuchaba ya y por eso no había discos disponibles. Así que a duras penas le llevé el score original de Cóndor Crux, publicitada como la primera animación adulta del país. Traía una y solo una canción de Cerati.
Cuando Gustavo entró en coma, con Laura esperábamos su recuperación. Cuando murió, los dos lloramos.
Así que ver ese holograma me dio felicidad. Porque el respeto no se mide por el medio sino por la intención y por el efecto. Y cuando el efecto es que alguien llora en 2014 y sonríe en 2026 viendo el mismo rostro, algo se hizo bien.